Muchas historias existen en torno a los viajes que se han hecho. Faltarían páginas para saber las vivencias de todas las personas que han sufrido, se han enamorado, llorado o besado. Todo ello por el pasaje mínimo…o más.
¿Quién no ha viajado en el transporte público de la Ciudad de México? Incluso aquellos que se creen muy importantes como para abordar un microbús o el metro, debieron haber dejado sus elegantes carruajes, al menos una vez en sus vidas.
El Distrito Federal cumple, de forma literal, la leyenda de la jungla del asfalto. Hay conductores quienes afirman que, si alguien aprende a manejar en esta ciudad, logrará hacerlo en cualquier parte del mundo.
La mayoría de los choferes son unos cafres al volante. Si no van a toda velocidad en descarada competencia por el pasaje, la lentitud con la que andan incita a bajarse y caminar. Algo muy desesperante para quienes lo hemos vivido. A continuación se narran algunas historias con las que usted podría sentirse identificado.
El primer relato nos lleva a las redes del Sistema de Transporte Colectivo, Metro. Sucedió hace dos años, cuando los alumnos de primer semestre regresábamos en grupo después de un arduo día de trabajo en la Facultad de Ciencias Políticas. Había dos chicos que se gustaban, pero no tenían el valor para decírselo y, a esas alturas, ya todo mundo se había dado cuenta de ello.
Por lo anterior, algunos comenzaron a sugerirles que se dieran un beso, esto sucedió en la terminal universidad. Durante siete estaciones los compañeros insistieron para que los muchachos se animaran; cada vez era más bullicioso el asunto y los usuarios comenzaban a incomodarse…o a gozar del espectáculo.
Antes de llegar a Etiopía ocurrió lo que todos esperaban. Un beso corto bastó para encender los ánimos de los ahí presentes; incluso algunas personas tomaron video con sus celulares. A diferencia de lo que pudiera pensarse, no fue un momento romántico, lo más pertinente sería decir que fue cómico y bochornoso. Como dato curioso para usted, apreciable lector, la chica estudia Géneros III con el profesor Aguado…
La siguiente historia muestra la faceta gris y triste de la sociedad, no sólo la mexicana, sino también a nivel mundial. En un microbús, camino al metro Deportivo 18 de marzo, abordaron tres jovencitos con uniforme de secundaria, y pagaron su pasaje.
Mi acompañante y yo íbamos a cambiarnos de lugar, pues uno de ellos se había levantado, para dejar dos asientos juntos. En ese momento sentimos el frío y miedo que viene después de la frase “A ver cabrones, todos quietos porque esto es un asalto”. Con pistola en mano, los niños nos amagaron y pidieron al chofer que se desviara de la ruta, al mismo tiempo que esculcaban a los pasajeros.
Una señora le pedía al que portaba la pistola, le dejara conservar su credencial de elector. Es sorprendente todo lo que llegamos a evocar cuando nos encontramos bajo grandes presiones: la mujer pensó en lo fastidioso que resulta hacer ese trámite en especial; sin embargo…
Ella no se esperaba a que el muchacho reaccionara mal, pues le puso la pistola en la cabeza y le dijo que se estuviera quieta. La primera impresión, ante dicha situación es que se trataba de un arma falsa; pero en momentos como el que sufrió la señora, eso queda relegado por la pulsión de vida y sobrevivencia.
Al final, los niños se salieron con la suya y se refugiaron en una colonia famosa por sus altos índices delictivos: la Gabriel Hernández, en G.A.M. A mi novia y a mí no nos quitaron nada; no obstante no puede decirse que fue “afortunadamente”, pues todos quedamos sobresaltados después del desagradable episodio.
Por último, algo breve y menos dramático. En ocasiones no pensamos en que los otros viajeros son personas con los mismos, o peores, problemas que los nuestros. Resulta curioso el hermetismo que nos rodea, “esa pared” diría Leo Dan.
Pareciera tan difícil poder entablar una conversación con alguien, sobre todo si se trata de una chica bonita. Pero se trata de algo tan sencillo hacerlo y, lo mejor de todo, no hay que utilizar palabras para lograr un rato agradable, por muy mínimo que sea.
El sólo hecho de permitir que una señorita se siente en un lugar que ha quedado vacío, abre las puertas de un amigable “gracias”, acompañado de una linda sonrisa, y la oferta de cargar nuestra mochila.
Como se mencionó, el espacio que brindan mil hojas no sería suficiente para desahogar las vivencias de una sola persona en sus viajes por el transporte público. Sin importar sus defectos, éste es un punto de unión e interacción muy importante en nuestras vidas.
Alguien puede encontrar al amor de su vida en un recorrido largo y tedioso; otros hallarán momentos gratos y memorables; unos cuantos más serán menos afortunados, sufrirán a causa de la, denominada por Durkheim, anomia social, pero vale la pena arriesgarse: todo ello por el pasaje mínimo…o más.
sábado, 16 de enero de 2010
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